El invierno huele a castañas

Echó un vistazo rápido a la plaza. Abrigada como si viviera en un país nórdico porque su abuela siempre le decía que te vas a resfriar. La abuela conocía el frío como nadie y le temía. Mientras otras familias disfrutaban de los regalos navideños más típicos como los juguetes, la abuela llenaba a la suya de calor, de bufandas, abrigos y mantas. Yo nací con la nieve al lado, afirmaba siempre que veía caras raras en la mesa. Esa mujer tenía mundo recorrido, cargaba también con el suyo a la espalda. 

Escrito por Tamara Guillén.


Le hacía ilusión salir el primer día de invierno, dándole la bienvenida embutida en botas de borreguillo, medias térmicas de colores bajo un vestido de lana, con un abrigo largo que parecía añadirle tallas de más, una bufanda negra y un sombrero, —aunque esto cuando se le antojaba. Ella iba guapa, a su manera de ir guapa. A mí no me hace falta mucho para sentirme como una "sersymbol", decía, malamente. Solo hablaba tres idiomas, solo. Se conformaba con su lengua materna, con el francés de la escuela y el idioma del amor, o eso decía, que la señora era muy pícara. El inglés lo tenía poco visto, salvo de aquella vez en la que creyó ligar con un abuelo de vacaciones y, precisamente, el abuelo estaba hablándole sobre cultivar tomates. Ella que sí, que mucho "rrredtomeitos" —con su r bien marcada—, y palabrejas de esas, que yo no entiendo a este hombro, muy poco me dice "te como entera", y su nieta asustada con el descaro y la poca vergüenza de la mujer. Cuando se enteró de las pretensiones de su abuela, le tradujo el discurso aburrido de los tomates resumiéndolo en una frase: abuela, que este señor no te entiende ni torta y te está dando la vara con el huerto de tomates. La respuesta de la abuela fue soltarle eso y cambiarse de sitio. ¿Qué le iba a hacer? Su abuela tenía un descaro arrollador.

Que te abrigues. No faltó su frase estrella. Faltaba menos, un vieja sorpresa por los fiordos noruegos y la abuela tenía que comentar algo relacionado con el frío. Luego vamos a ver si estos nórdicos tienen buenas castañas, se le ocurrió, como forma de olvidar la encantadora voz del señor de los tomates. Al hombre le recordaron así de por vida. Y castañas no comieron, pero sí fueron en busca de una nueva bufanda porque la abuela se había empeñado en que, al ser un país tan gélido, abundaría la buena ropa invernal. Ya nos comeremos las castañas a la vuelta.

Los viajes con la abuela se hacían complicados porque, uno, la mujer necesitaba recorrer cada tienda de ropa donde viera con su vista todavía intacta abrigos de los grandes, y dos, ocurrían situaciones vergonzosas que ella misma provocaba y de las cuales salía corriendo. Y nunca mejor dicho, ella se agarraba el vestido y el abrigo con las dos manos, dejando a la vista las medias térmicas de colores, y echaba a correr. Dejaba a su nieta sola. Sus dos hijas padecieron el mismo destino continuamente en sus viajes.

Y al volver a casa siempre iban a por castañas. Castañas y churros, que el buen comer todo lo arregla, o casi, era su excusa favorita. Nadie le quitaba la razón. 

Ese día iba a venir viento, pero suave. Ya había echado un ojo a la plaza, los puestos del mercado abrían sus puertas y en las decoraciones predominaba el rojo típico de la Navidad. Había tomado prestado un viejo abrigo verde pistacho del armario de su abuela, de esos que sacaban más tallas pero abrigaban tanto como un edredón. Se sentía cálido, era como un abrazo. Desprendía un olor a armario cerrado y azahar, aroma predilecto en los perfumes de la abuela, también lo usaba para ambientar las estancias.

No escuchó un abrígate, que hace frío de la abuela, sino una pregunta: ¿a qué te huele el invierno? Ella sonrió y acercó la nariz al abrigo con extraña mezcla de olores. Se pasó la mano por los ojos y la abuela le acarició la cabeza. Allí se golpeó contra la realidad. Tantos recuerdos, tanta vida. Los abrigos de la abuela y su obsesión con el frío, sus medias de colores y el vestido arremangado cuando salía corriendo, menuda escapista profesional. Las torpezas en el extranjero, con los idiomas y el descaro, las risas que ya no volverían y solo existían en el recuerdo. Se le cayeron las lágrimas tan solo de pensarlo. La sersymbol que se comía el mundo a bocados, la calidez de su carácter, el aroma a azahar... Ay, abuela, reía mientras más lágrimas derrumbaban el muro entre pasado y presente. La abuela le dio un beso de despedida en la frente mientras su nieta le contestó: a castañas, abuela, a mí el invierno me huele a castañas. 

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